Crónicas de noches lluviosas (Parte 1)

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La vida es diferente para cada uno de nosotros. Algunos reciben más golpes que otros. Otros, por un lado distinto, reciben más premios por su mera suerte. Ese no es mi caso.

No digo que la vida me trate mal, de hecho, de un tiempo para acá, esa desgraciada me ha estado sonriendo bastante, pero tampoco significa que siempre lo haya hecho. A decir verdad, gusta de jugar de jugar con mi suerte.

Por cuestiones laborales, he estado viajando de aquí para allá, de pueblos a ciudades, de bosques a playas. Caminos de asfalto y tierra que suelen tener muchas historias que contar y que, personalmente, me gusta recorrer al ritmo de una buena canción.

Hace unos días visité Toluca después de pasar por Acapulco. Lugar frío. Tal como me gusta. De entrada por salida. Un viaje que no te hace disfrutar de una buena cerveza en algún bar rodeado de algún infeliz que sufre la misma suerte que tú.

Llegué a la terminal de autobuses alrededor de las 7 de la noche. Era una tarde nublada. No tardaba en llover. La ciudad se veía gris. Al no tener ningún plan al respecto y al haber llegado mucho antes de lo planeado, no existía ninguna ninguna reservación en algún buen hotel de la ciudad. Ya sabía lo que esto significaría.

El hotel más cercano era uno que se encontraba justo en la misma terminal. 380 pesos la noche. ¿Qué podía perder?

– “Habitación 40, joven.”- Dijo una mujer de unos 50 años que se encontraba en recepción. Su mirada reflejaba una profunda falta de interés en los huéspedes. Quizás la monotonía de ver siempre lo mismo, le había afectado al fin. No la culpo. Yo estaría igual o peor.

-“Muchas gracias. Buenas noches”- dije al recibir la llave con un pedazo de madera como llavero en el cual marcaba el número de habitación. No hubo respuesta por parte la recepcionista.

Al llegar a la habitación, sólo había un televisor bastante viejo, una cama con un colchón duro al igual que sus almohadas y unas sábanas limpias. Me sorprendió que estas estuvieran limpias. Los vidrios de la ventana que daba a una parte de la ciudad, estaban moderadamente sucios y la puerta que daba a una especie de balcón, está solamente atorada para que no se abriera por completo. Salí un momento a ver la ciudad desde mi privilegiado penthouse. Una alfombra de colillas de cigarro adornaban dicha terraza. Dejé el cigarrillo hace algunos años, de lo contrario, habría colaborado con la obra del piso. Vaya modales de la gente.

Necesitaba saciar mis necesidades fisiológicas. El baño, al igual que las sábanas, estaba limpio. 2 sorpresas en menos de una hora. Vaya día.

Hubo 2 aspectos que llamaron mi atención, además de la limpieza. Uno de ellos fue la ventana que no podía cerrarse sobre el retrete, lo que significaba que el cuarto estaría a una temperatura muy baja. Seguro sufriría por la mañana cuando me bañase.

Y el segundo era el pequeño jabón que yacía sobre, valga la redundancia, la jabonera. Un pequeño rectángulo de no más de 5 centímetros por 2, cuyo nombre es la mezcla de un color y el nombre de la diosa romana del amor; y el cual, a su vez, me hizo recordar ciertas aventuras del pasado con una sonrisa. Ustedes saben.

Comencé a ordenar mis cosas, mis ideas y en parte mi vida.

Afuera comenzaba a oscurecer. A lo lejos se escuchaban los llamados “cohetes”, pequeños fuegos artificiales que al encenderse, se elevan y explotan después de unos segundos. Supongo que era la fiesta de alguna parroquia cercana. El cielo continuaba gris, aunque ahora un poco más oscuro.

Prendí el televisor. Tardó unos segundos en cargar la imagen. Un sólo canal que mostraba una película con Jackie Chan. No me sorprendió en lo absoluto.

Quise bajar a comer algún refrigerio, pero algo me lo impidió. No sé si alguna corazonada o simplemente sentido común. El hecho de estar en un hotel de mala muerte donde eres el único residente de piso, no me inspiraba tanta confianza. “Piensa mal y acertarás” dice un dicho con el cual no estoy completamente de acuerdo, pero creo que algo me hizo confiar en ese dicho.

Afuera comenzó a llover. Tlaloc hacía lo suyo. Yo simplemente agradecí. Siempre he amado la lluvia y eso ya se sabe.

A lo lejos se escuchaban sirenas de patrullas de policía o de alguna ambulancia. Como sea, esto me hizo sentir en una película noir. Un hotel de mala muerte, una noche lluviosa, sirenas a lo lejos y un pobre infeliz que apenas puede con su alma y su poca fortuna. La escena perfecta para un homicidio y la victima sería yo.

Opté por intentar dormir. No fue fácil, pero lo logré. Afuera seguía lloviendo y las sirenas sonando. Nada como una noche lluviosa, aunque no sería la única. Vendrían otras más, pero esas son crónicas para otra noche.

 

Escrito por: Martín Raygoza @UnTalBanscorpio en Twitter y @BanScorpio en Instagram y Facebook

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