Crónicas de Noches Lluviosas (Parte 2)

Afuera la lluvia sigue cayendo y el aire frio sigue continúa abrazando a los transeúntes que noche a noche, recorren la gran ciudad para llegar a su destino.

Adentro, los últimos vestigios de mi bebida permanecen al fondo del vaso. Un café libre de alcohol. Algo muy extraño en mí. En la televisión se está transmitiendo un viejo capitulo de Two And A Half Men, con Charlie Sheen, aún como protagonista. Vaya que ha pasado el tiempo. No le presto atención, sólo prendí el televisor para no estar tan en
silencio.

La noche es idéntica a como cuando llegué a la Ciudad de México. Ustedes saben que mi vida está ligada a esta ciudad por diferentes cuestiones y que, pese a cada una de ellas, me encanta.

Tome un autobús desde la Terminal de Autobuses de Toluca con dirección a la capital del país. El viaje continuaba su rumbo y yo debía recorrer nuevamente la carretera de asfalto.

El autobús partió alrededor de la 18:40. Unas horas antes, había quedado de verme con Miu, una amiga que conocí en el ya desaparecido Hi5. Sólo de recordar me siento más viejo de lo que ya me veo. Nunca nos habíamos visto, más que por escasas videollamadas. Tenemos cerca de 10 años platicando y hasta ese día pudimos conocernos.

Miu y yo estuvimos platicando de las cosas que hacíamos cuando estábamos en los grupos de la extinta red social y de cómo hemos cambiado desde entonces. Fuimos a comer a un Little Ceasar’s donde, de extraña manera, de estar reproduciendo reggaetón, repentinamente comenzaron a tocar música de José José, con lo que comenzamos a bromear respecto a que algún empleado de la pizzería tenía el corazón roto.

Volviendo al viaje, el camión salió de la ciudad con un atardecer bastante agradable, para que en cuestión de minutos y de un par de kilómetros, el cielo comenzara a tornarse gris y poco a poco, más oscuro.

El frio comenzaba a hacerse presente, aun estando dentro del vehículo. Afuera, las primeras gotas de lluvia se hacían presentes en las ventas de cristal templado. En el reproductor sonaba una canción que días antes había descubierto como ideal para un viaje en carretera. Y para mejorarlo, es una canción de mi banda favorita.

Una estructura de concreto y acero adornaba el camino. La macrovía México-Toluca. Un proyecto del gobierno actual que pretende conectar ambas ciudades y recortar el tiempo de viaje. Como en muchas obras, no se sabe cuándo estará terminada. Típico de la política.

El cielo, ahora más oscuro que minutos antes, encajaba perfecto con el paisaje boscoso de La Marquesa. Una parte de mi sentía paz y tranquilidad ante dicha vista. Del otro lado del autobús, se podían divisar las casas de un pequeño poblado que, debido a la repentina lluvia, las luces de las casas y el ambiente natural, estaba cubierta por neblina, aparentando una postal de algún pueblo de montaña europeo. Simplemente hermoso.

El paisaje boscoso comenzó a ser menor, y los edificios y plazas comenzaron a hacer su aparición a lo largo del camino. Luces, anuncios y una mayor cantidad de automóviles y de transporte público transitaban de aquí para allá bajo la tupida lluvia que se precipitaba afuera del autobus.

Llegamos a la terminal Observatorio. La lluvia se había calmado un par de minutos antes. Solicité un Uber que afortunadamente estaba afuera del complejo.

-Buenas noches, joven. Vamos al Suites Lerma, ¿cierto? ¿Por Reforma? – Me pregunto Arturo, el señor de unos poco más de 45 años.

-Buenas noches. Así es. Por favor. – Le contesté.

Comenzó el viaje y justo unos segundos después, comenzó a llover una vez más. Parece que la suerte me dio tregua. Se lo agradezco. Arturo comenzó a contarme que ha tenido viajes buenos y viajes malos, como todo en la vida y que está agradecido con la vida por permitirle seguir trabajando. Admiro su coraje y su personalidad. Allá afuera hay muchos quejumbrosos que no aprecian lo que tienen y sólo se quejan. ¡JA! Miren quien lo dice.

Me preguntó si el motivo de mi visita era por placer o por trabajo. Le dije que la segunda. Me dio unas pequeñas recomendaciones sobre qué hacer el fin de semana y me pidió que me cuidara. Que agradable sujeto.

Durante el trayecto, recibí un par de mensajes. El primero fue de VG. Me preguntó si llegué con bien. “Si. Estoy bien”, respondí. “Acabo de llegar a la ciudad. Voy camino al hotel. ¿Nos veremos para cenar en alguno de los días en los que estaré por acá?”. No hubo respuesta. Supongo que no quiere verme o está muy ocupada para hacerlo.

El segundo fue de LM. Quería saber si estaba en la ciudad pues quería que nos viéramos. No respondí a eso, sólo le dije que estaba en la ciudad y que estaría ocupado. Sonó grosero, lo sé, pero no me sentía en ánimos de verla. Y aún hoy, no tengo los ánimos para hacerlo.

Finalmente llegué al hotel. Un edificio pequeño de unos 3 o 4 pisos. Muy escondido y discreto. Afuera en la calle seguía lloviendo, pero eso a la gente no la detenía. Los bares alrededor del lugar se encontraban llenos y la gente reía, bebía y se divertía. Los envidié un poco.

Al llegar a la recepción del hotel, noté que no había ningún recepcionista. Toqué un par de veces el timbre que había en la barra principal. Ninguna respuesta. Esperé un par de minutos más hasta que apareció un hombre de entre 35 – 40 años. Por lo desordenado de su uniforme, deduje que es un hombre un poco distraído.

-Disculpe la tardanza, joven. Tuve que atender el llamado de la naturaleza. Usted me entiende. Buenas noches, por cierto.

-Buenas noches. No se preocupe, yo entiendo. – le dije. –Tengo una reservación a nombre de Martín Raygoza.

-Claro, joven. Permítame revisar. Mmm… Aquí está. Habitación 101. Que tenga buena noche.

-Gracias. Buenas noches.

Tomé la tarjeta de acceso y subí las escaleras con mi maleta, ya que sólo era un piso. Al entrar a la habitación, pese a lo cómoda y mejor habitable que la de la noche anterior, lo primero que noté fue el excesivo olor a insecticida. Lo hice notar al recepcionista, el cual sólo se limitó a decir “Lo revisamos mañana temprano, joven. No se preocupe”. ¡Pero si solamente estaría una noche! En fin.

Desempaqué rápidamente, prendí el televisor, tomé mi toalla y me duché. ¡Agua caliente al fin! Al salir, noté que había una mini cafetera, la cual encendí, preparé un poco de café y, sin importar que estuviera en ropa interior, me asomé por la ventana que daba a la calle. La gente seguía divirtiéndose, los vehículos seguían yendo de aquí para allá y el frío de la noche seguía presente en la gran ciudad. Y eso significaba que aún faltaba mucho por delante. Tomé un trago a mi café, suspiré y me sumergí en mis pensamientos mientras la lluvia seguía cayendo allá afuera.

 

Escrito por: Martín Raygoza @UnTalBanscorpio en Twitter y @BanScorpio en Instagram y Facebook

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